Tributo a Luis de María
Un retrato colectivo
ROSARIO CASTELLANOS
Realiza los móviles en el programa En Perspectiva. Durante la temporada estival es
una de los corresponsales de Sensaciones del Verano, tarea para la cual se ha alojado
varias veces en La Capilla.
En invierno nos veíamos poco, con De María; en realidad, si él venía a Montevideo lo
hacía en la tarde y yo tenía poco contacto durante estas estadías en Montevideo. Sin
embargo, estaba.
Era frecuente que detrás de una intervención mía al aire apareciera en mi celular una
llamada, que no son muchas, pero si esa llamada era tras la primera intervención, antes
de las ocho de la mañana, yo sabía que era Luis de María. Inmediatamente aparecía su
voz cascada: "Tenés razón, nena, tenés mucha razón en lo que decís; yo conocí
eso, lo viví de tal forma".
Sin mediar fórmula, ni saludo, ni despedida; era un comentario como si lo tuviera sentado
en el auto al lado mío, entraba directamente al tema y se iba de él de la misma forma,
sin un "chau". De alguna manera siempre tuve la sensación de que no se perdió
nunca. Estoy segura de que Luis escuchaba todo, de que no opinaba sin haber escuchado
antes seriamente lo que se planteaba.
Mi contacto con él tuvo mucho más que ver con mis permanencias en Punta del este,
concretamente en La Capilla, durante los ciclos de enero y febrero de Sensaciones del
Verano. Y en ese sentido recuerdo la forma de verlo a De María temprano, con una remera
que nunca era una remera lisa, siempre tenía algún dibujo o inscripción, medias,
calzado deportivo y una gorra blanca de marino. Se levantaba y regaba plantas, o
trasladaba de un lugar a otro replantando algo; permanentemente caminando a un paso más
rápido entre las instalaciones de La Capilla, el jardín, cruzando la calle, yéndose a
la piscina, controlando directamente y siempre con mucha energía desde tempranísimo todo
lo que allí ocurría.
Si alguna vez lo vi entrar para un rezongo, para una orden levantando la voz, lo cierto es
que quedaba en el aire flotando eso de que cuando entra el jefe hay que cumplirlo todo. Y
suponiendo que eso se pudiera extender durante el día, al muy poco rato desaparecía esa
imagen porque volvía a entrar por la misma puerta. El tono había cambiado -por supuesto
que la orden se había cumplido- y a él no le quedaba nada detrás de lo que pudieran ser
resabios de una bronca en la mañana.
Nos cruzábamos muchas veces durante la mañana y siempre en este mismo estilo: nunca un
saludo, un comentario que quedaba sonando en el aire o una propuesta, una cosa que me
comentaba al pasar. Siempre, entonces, estaba aportando algo al trabajo. Cuando se
aquietaban las cosas, cuando teníamos un rato para sentarnos durante una comida a
charlar, por supuesto que los temas eran diversos, opinaba absolutamente de todo y nos
trenzábamos en materias como la arquitectura, por supuesto. Seguramente se habría
trenzado con Carlos Ott delante, le habría discutido de igual a igual, porque no se
amilanaba ante eso. Lo curioso era que seguramente al día siguiente aparecía él desde
la posición contraria, habiendo tomado los argumentos del contendor que tenía delante.
Era notable la capacidad de "esponja", de absorber lo que podía tener de
contundente la argumentación del contrario.
De cualquier manera, si con una última imagen tuviera que quedarme, creo que nada más
representativo de Luis que levantar las manos muy cerquita, ponérselas delante de los
ojos, golpear las palmas y frotarse las manos. Ahí se le transformaba la cara, porque lo
que él nos iba a proponer era un proyecto, una idea. Le desaparecían los ojos detrás de
dos rayitas, se le iluminaba la cara y ahí nos estaba anunciando algo así con un
espíritu de chico pícaro, de hombre gozador de la vida, una empresa que tenía por
delante que seguramente iba a ser exitosa aunque no lo estuviera pensando en esos
términos. Porque si en algo se diferenció del empresario tradicional fue en que este
hombre que no se sometió al éxito sino que disfrutó plenamente de eso.
|